Me extraña (como dice el dicho) que “siendo araña no sepa trepar paredes”. Usamos esa expresión cuando alguien que se supone domina un tema actúa como si no tuviera las herramientas básicas para abordarlo.
Y lo menciono porque el Dr. Murr afirma ser doctor en teología, haber estudiado calvinismo por diez años, manejar teología sistemática y además ejercer como pastor. Con ese trasfondo, uno esperaría un manejo más riguroso del texto bíblico.
¿Qué ocurrió? ¿Se olvidó de cómo se hace un estudio bíblico serio?
Él afirma que “la fe no es un don de Dios” porque (según dice) no existe un versículo que lo declare explícitamente con esas palabras. Pero su argumento se derrumba bajo su propio peso, porque tampoco existe un solo versículo que diga: “La fe es un producto del hombre”.
Si vamos a exigir declaraciones textuales y literales, entonces su postura queda igual de vacía que la que intenta refutar. Por eso prefiero acudir al método que él mismo debería conocer: análisis contextual, teológico y exegético. Y desde ahí, presentaré mi explicación.
Cuando los reformados afirmamos que “la fe es un regalo (o un don) de Dios”, no lo hacemos porque exista un versículo aislado que lo declare de manera literal y fulminante. Lo decimos porque esa frase es la conclusión natural de un estudio bíblico sistemático, que toma en cuenta el testimonio completo de la Escritura.
Sabemos que “sin fe es imposible agradar a Dios” (Heb 11:6). También sabemos que “no todos los hombres tienen fe” (2 Tes 3:2). Esto nos deja con dos preguntas inevitables:
¿Por qué algunos hombres tienen fe y otros no?
¿Por qué tienen fe?
En Juan 6 encontramos una escena reveladora. Jesús declara: “Trabajen por el alimento que no perece… esta es la obra de Dios: que crean en el que Él ha enviado” (Jn 6:27–29). Los judíos responden: “¿Qué señal haces para que creamos en ti?”
Es decir, Jesús demanda fe de personas que acababan de presenciar un milagro extraordinario (la alimentación de los cinco mil) y que habían escuchado su afirmación de haber sido enviado por Dios. Sin embargo, no creyeron.
Podríamos decir simplemente: “decidieron no creer”. Pero Jesús no lo explica así. Él diagnostica la raíz del problema:
“No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí si no lo trae el Padre que me envió, y yo lo resucitaré en el día final. Está escrito en los profetas: ‘Y todos serán enseñados por Dios’. Todo aquel que ha oído y aprendido del Padre, viene a mí.” (Jn 6:43–45)
La enseñanza es directa:
La razón por la que algunos no creen no es falta de evidencia, sino falta de obra divina en el corazón.
Nadie puede venir a Cristo (es decir, nadie puede creer en Él) si el Padre no lo trae, no lo enseña y no le concede aprender de Él.
Por eso, cuando decimos que la fe es un don de Dios, no estamos inventando una categoría ajena al texto. Estamos simplemente articulando, en lenguaje sistemático, lo que Jesús mismo enseña:
la fe no surge del hombre por iniciativa propia; es el resultado de la acción soberana del Padre que atrae, enseña y concede venir a Cristo.
La afirmación reformada de que “la fe es un don de Dios” no surge de un versículo aislado que lo diga con esas palabras exactas, sino del testimonio acumulado de la Escritura. Es el fruto de leer la Biblia como un todo, siguiendo el flujo del argumento apostólico.
Pablo declara: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios” (Rom 5:1). Pero para llegar a esa conclusión, Pablo ha construido cuidadosamente un caso a lo largo de los capítulos anteriores.
- Romanos 1: Todos los hombres, sin excepción, están bajo la ira de Dios.
- Romanos 2: Incluso quienes recibieron la Ley están condenados por ella, porque no la cumplen.
- Romanos 3: El veredicto final es devastador: “No hay justo, ni siquiera uno… todos están destituidos de la gloria de Dios.”
- Romanos 4: La Ley no puede justificar; solo revela nuestra incapacidad. La circuncisión no salva. Abraham fue declarado justo por creer, no por obras.
- Romanos 3:21–23 resume el punto: la justicia de Dios ha sido manifestada aparte de la Ley, y esta justicia viene por medio de la fe en Jesucristo para todos los que creen.
Hasta aquí, todos estamos de acuerdo: la justificación es por fe. Pero surge el argumento clásico:
“¡Para todos los que creen! ¿Ves? No solo para los elegidos, como dicen los calvinistas.”
La respuesta es sencilla:
¿Vamos a olvidar lo que ya estableció Jesús mismo?
La pregunta no es si la salvación es para los que creen (eso es indiscutible) sino cómo llega alguien a creer.
Y aquí es donde la Escritura nos obliga a profundizar.
Jesús dijo claramente:
“Nadie puede venir a mí si no lo trae el Padre que me envió.” (Jn 6:44)
Y también:
“Todo aquel que ha oído y aprendido del Padre, viene a mí.” (Jn 6:45)
Es decir:
- La fe no surge espontáneamente del corazón humano.
- La fe no es un recurso natural disponible para todos por igual.
- La fe no es un acto autónomo del hombre caído.
La fe es el resultado de la obra del Padre en el corazón.
Por eso, cuando Pablo dice que la justicia es “para todos los que creen”, no está contradiciendo la elección soberana de Dios. Está describiendo el medio por el cual los elegidos reciben la justicia de Cristo.
Y cuando Jesús dice que nadie puede venir a Él sin que el Padre lo traiga, está explicando por qué algunos creen y otros no, aun viendo los mismos milagros y escuchando las mismas palabras.
Así que la frase “la fe es un don de Dios” no es un invento calvinista. Es la síntesis natural de lo que la Escritura enseña:
- Dios exige fe.
- El hombre, por sí mismo, no puede producirla.
- Dios concede lo que exige.
- Y quienes reciben ese don vienen a Cristo, creen en Cristo y son justificados por Cristo.
Eso es simplemente seguir el argumento bíblico hasta su conclusión lógica.
Pablo nos deja una pepita de oro al iniciar su exposición en Romanos: “El evangelio es poder de Dios para salvación” (Rom 1:16). No dice que el evangelio contiene poder, ni que despierta poder en el hombre, sino que es poder de Dios. Es decir, la salvación no depende de la capacidad humana, sino de la acción divina a través de su Palabra.
Ya establecimos que “nadie puede venir a Cristo si el Padre no lo trae” y que solo vienen aquellos que han sido enseñados por el Padre
. La pregunta natural es:
¿Cómo enseña el Padre? ¿Cómo obra Dios en el corazón humano para producir fe?
Jesús mismo responde:
“El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha. Las palabras que yo les he hablado son espíritu y son vida.” (Jn 6)
Aquí Jesús une tres elementos inseparables:
- El Espíritu da vida.
- La carne no puede producir nada espiritual.
- Sus palabras son espíritu y vida.
Pablo enseña lo mismo desde otro ángulo:
“El evangelio es poder de Dios para salvación” (Rom 1:16).
Y añade:
“La fe viene por el oír, y el oír por la Palabra de Cristo.” (Rom 10:17)
Ahora podemos ver el cuadro completo.
¿Cómo produce Dios la fe?
- La Palabra de Cristo es espíritu y vida.No es un discurso humano; es el instrumento del Espíritu Santo.
- El evangelio es poder de Dios.No apela a la fuerza de la voluntad humana; actúa con poder divino.
- La fe viene por el oír.Pero ese “oír” no es un proceso meramente biológico o mecánico.Si lo fuera, los sordos estarían excluidos del reino, lo cual sería absurdo.
- El oír verdadero es producido por Dios mismo.Es el “oír” del que Jesús habla cuando dice:“Todo aquel que ha oído y aprendido del Padre, viene a mí.”
- Solo los que el Padre trae pueden oír.Y solo los que pueden oír reciben la fe.
En otras palabras:
- Dios enseña por medio de su Palabra.
- El Espíritu vivifica para que esa Palabra sea recibida.
- El evangelio obra poderosamente en el corazón.
- Y el resultado de esa obra divina es fe.
Por eso, la fe no puede ser un producto autónomo del hombre caído.
La fe es la respuesta viva que Dios mismo produce mediante su Palabra y su Espíritu en aquellos a quienes Él trae a Cristo.
Así, la frase “la fe es un don de Dios” no es un invento teológico: es simplemente poner en palabras lo que la Escritura describe paso a paso.
El contraargumento más común es que Efesios 2:8–10 “no enseña que la fe sea un don”. Y es cierto que muchos exegetas han señalado que, en griego, el pronombre neutro “esto” (touto) se refiere a toda la frase anterior: “por gracia han sido salvados por medio de la fe”. Es decir, esto (la salvación por gracia mediante la fe) es don de Dios.
Pero lejos de debilitar la afirmación reformada, esto la refuerza.
Si el “don” incluye todo el acto de ser salvados por gracia mediante la fe, entonces la fe no queda fuera del don, sino dentro de él. La fe no es un elemento autónomo que el hombre aporta; es parte integral del regalo divino. La sintaxis no contradice la frase “la fe es un don de Dios”; la presupone.
Y esto encaja perfectamente con el testimonio bíblico más amplio.
El hombre natural no tiene vida en sí mismo. No puede producir fe porque la fe es una respuesta espiritual, y la carne “para nada aprovecha”. Es Cristo quien da vida, y solo cuando Él vivifica, el hombre puede creer. A esto la Escritura lo llama regeneración.
Jesús lo explicó en Juan 6 citando a los profetas:
“Todos serán enseñados por Dios.”
Esta frase proviene de Jeremías 31:34, en la profecía del Nuevo Pacto. Allí Dios promete:
- quitar el corazón de piedra,
- dar un corazón de carne,
- escribir su ley en el interior,
- y hacer que todos los suyos lo conozcan.
Ese “todos” no es universalismo; es el “todos” del pacto: todos aquellos a quienes Dios les cambia el corazón.
Esos son los que “oyen y aprenden del Padre”, y por eso vienen a Cristo.
Esos son los que reciben fe.
Esos son los regenerados.
Por tanto, la conclusión es inevitable:
- La fe no nace del hombre caído.
- La fe no es un acto autónomo de la voluntad natural.
- La fe es el fruto de la obra vivificadora de Dios.
- La fe es parte del don de la salvación.
La fe es un regalo de Dios.
Lo demás, la regeneración, el nuevo nacimiento y el corazón nuevo; es un tema hermoso, pero lo dejamos para otro día.
Last modified: 2026-01-23


