Exposición
A lo largo de la historia de la iglesia, los cristianos han confesado que la Biblia es la Palabra de Dios. Esta convicción no surgió por accidente ni por tradición ciega, sino porque la iglesia ha reconocido en las Escrituras una autoridad que ninguna otra voz posee. Sin embargo, es natural que surjan preguntas: ¿por qué confiamos en la Biblia? ¿Qué fundamento tenemos para afirmar que es nuestra autoridad final?
El primer capítulo de la Confesión Bautista de 1689 nos ofrece una respuesta clara y profundamente arraigada en la historia de la fe cristiana. No introduce ideas nuevas, sino que resume lo que la iglesia ha creído desde sus inicios. Al recorrer este capítulo, veremos por qué la Escritura es el punto de partida de toda doctrina y la base firme sobre la cual descansa todo lo que creemos.
Introducción: Necesidad y contenido de las Escrituras
Al comenzar este primer capítulo, es imposible pasar por alto el corazón doctrinal de la Reforma. Aunque la Confesión de Fe de Londres de 1689 sigue de cerca la Confesión de Westminster, introduce una frase significativa al inicio. Esta frase no rompe con las cinco solas, sino que las afirma explícitamente, y en particular subraya la Sola Scriptura.
La confesión abre con estas palabras:
“La Santa Escritura es la única regla suficiente, segura e infalible de todo conocimiento, fe y obediencia salvadores.”
Esta afirmación inicial establece el tono de todo el documento. La confesión misma reconoce que ella no es nuestra regla de fe, sino una expresión subordinada de lo que la iglesia cree que la Escritura enseña. Todo lo que confesamos procede de la Regla de reglas, la Palabra de Dios.
El primer artículo explica qué entendemos los cristianos acerca de la naturaleza y el contenido de las Escrituras, y por qué son necesarias.
1. La Escritura como única regla suficiente, segura e infalible
Afirmamos que no existe otra regla que posea estas tres cualidades simultáneamente. Existen otras “reglas” —como credos, confesiones y catecismos— y las valoramos; sin embargo, ninguna de ellas es suficiente, segura o infalible. Todas deben someterse a la autoridad suprema de la Escritura.
2. La revelación general
Reconocemos que Dios se da a conocer a todos los hombres mediante la creación y la providencia. Esta revelación general, enseñada por la misma Escritura, manifiesta la existencia de Dios, Su poder y Su ley moral, de modo que nadie puede excusarse alegando ignorancia. Sin embargo, esta revelación no comunica el conocimiento necesario para la salvación.
3. La revelación especial: la Escritura
Aunque la revelación general demuestra que Dios existe, solo la Escritura revela el camino de la salvación. En ella Dios se da a conocer de manera clara, suficiente y eficaz para producir fe en el corazón del creyente. Por eso la confesión afirma que la Escritura es necesaria: sin ella, el conocimiento salvador de Dios permanecería oculto.
4. La revelación escrita como preservación divina
Antes de ser registrada, la revelación de Dios fue comunicada de manera oral mediante profecías, enseñanzas y tradiciones inspiradas. Sin embargo, Dios quiso que esta revelación fuera preservada de forma permanente y segura, por lo que inspiró a los autores sagrados a ponerla por escrito. Así, la Escritura se convierte en el depósito estable y confiable de la revelación divina.
Inspiración y canon
El segundo artículo de la Confesión de Fe de Londres de 1689 nos presenta el listado de los libros que los cristianos reconocemos como inspirados por el Espíritu Santo. Este artículo no solo identifica el canon, sino que establece el fundamento sobre el cual la iglesia recibe —no crea— las Escrituras.
En debates contemporáneos, especialmente en redes sociales, suele aparecer una objeción recurrente contra la doctrina de Sola Scriptura. La pregunta se formula así:“¿Cómo sabemos que tal o cual epístola es Palabra de Dios?” La intención detrás de esta pregunta es sugerir que la iglesia necesita un magisterio infalible —particularmente el de Roma— para reconocer el canon y conferirle autoridad.
Sin embargo, la Confesión responde de manera directa y contundente en sus artículos 4 y 5:
1. La autoridad de la Escritura no depende del testimonio de ningún hombre o iglesia.
La Biblia no es Palabra de Dios porque la iglesia lo declare, sino que la iglesia la reconoce porque es Palabra de Dios. La autoridad de la Escritura es intrínseca, no derivada. La iglesia es testigo, no madre de la Escritura.
2. La certeza de que la Escritura es divina proviene del Espíritu Santo, no de un magisterio humano.
Nuestra persuasión interna, la convicción profunda de que la Biblia es la Palabra de Dios, no nace de decretos eclesiásticos, sino de la obra iluminadora del Espíritu Santo en el corazón del creyente. Él es quien abre los ojos para ver la gloria de Dios en las Escrituras.
De esta manera, los cristianos confesamos que los libros enumerados en el artículo 2 son inspirados no porque un hombre o una institución lo haya determinado, sino porque el Espíritu Santo mismo los ha dado a la iglesia y da testimonio de ellos en el corazón de los creyentes.
¿Y qué ocurre con los libros deuterocanónicos o apócrifos?
El artículo 3 aclara que, aunque estos escritos pueden leerse con provecho y contienen valor histórico y moral, no poseen autoridad divina, ni deben usarse para establecer doctrina, ni para la enseñanza que conduce a la salvación. La iglesia los reconoce como literatura útil, pero no inspirada.
Perspicuidad y correcta interpretación
Los artículos 7 y 9 de la Confesión de Fe de Londres de 1689 abordan dos aspectos estrechamente relacionados: la claridad de la Escritura y la regla correcta para interpretarla.
En primer lugar, recordemos lo afirmado en el artículo 1: la Escritura es la única regla suficiente, segura e infalible para el conocimiento y la fe salvadores. Esto implica que la Biblia es lo suficientemente clara para comunicar el mensaje del evangelio y revelar la voluntad moral de Dios. En otras palabras, todo lo necesario para la salvación y para vivir conforme a la voluntad divina está expuesto de manera comprensible para cualquier creyente que se acerque a la Palabra con reverencia y diligencia.
Sin embargo, el artículo 7 reconoce con realismo que no todas las partes de la Escritura son igualmente claras. Existen pasajes difíciles, “oscuros”, que pueden resultar complejos para el lector común o para quien no ha recibido formación teológica. Esta dificultad no contradice la claridad general de la Biblia, sino que nos recuerda que la Escritura es profunda y requiere estudio, oración y dependencia del Espíritu Santo.
Aquí es donde entra el artículo 9, que establece el principio hermenéutico fundamental de la tradición reformada: la regla infalible de interpretación de la Escritura es la misma Escritura.
Los pasajes más claros iluminan los más difíciles; los textos explícitos nos ayudan a comprender los textos simbólicos, proféticos o narrativamente densos. La Biblia es su propio intérprete.
Un ejemplo clásico lo encontramos al comparar Génesis y Apocalipsis. En Génesis se presenta una serpiente engañadora cuya identidad no se explica plenamente. Pero en Apocalipsis se revela con claridad que esa serpiente es Satanás, el adversario que se opone a la obra redentora de Cristo. Así, un texto posterior y más explícito arroja luz sobre un texto anterior y más enigmático.
De esta manera, los artículos 7 y 9 trabajan juntos:
- el artículo 7 afirma que la Escritura es clara en lo esencial,
- y el artículo 9 nos enseña cómo abordar aquello que no es tan claro.
Este principio —la Escritura interpretándose a sí misma— nos protege de interpretaciones arbitrarias, nos libra de depender de autoridades humanas infalibles y nos conduce a una lectura coherente, humilde y cristo-céntrica de toda la Biblia.
Preservación y Autoridad final
Los artículos 8 y 10 de la Confesión de Fe de Londres de 1689 tratan dos aspectos esenciales de la doctrina de la Escritura: su preservación providencial y su autoridad suprema.
1. El artículo 8: accesibilidad, preservación y uso eclesial
El artículo 8 puede considerarse una extensión natural del tema de la perspicuidad. Si la Escritura es clara en lo esencial, entonces debe estar disponible para el pueblo de Dios en un lenguaje comprensible. Por eso la confesión afirma la necesidad de traducir la Biblia al idioma vernáculo, de modo que la iglesia pueda leerla, estudiarla y obedecerla sin depender de una élite lingüística.
Pero el artículo 8 también subraya otro punto crucial: Dios ha preservado Su Palabra a través de los siglos, incluso mediante el proceso de transmisión y traducción. Aunque las traducciones no son inspiradas en sí mismas, la iglesia confiesa que el texto original —en hebreo y griego— ha sido preservado de tal manera que sigue siendo una regla fiel y suficiente para la fe y la vida.
Ahora bien, cuando surge una controversia doctrinal o una dificultad interpretativa, es correcto y necesario que la iglesia acuda a los lenguajes originales. Esto no contradice la claridad de la Escritura, sino que reconoce que la precisión exegética a veces requiere examinar cómo Dios habló originalmente y cómo los primeros receptores entendieron Su Palabra. Por ello, la iglesia debe cultivar el estudio de los idiomas bíblicos, no para reemplazar las traducciones, sino para servir a la fidelidad doctrinal.
Sin embargo, la confesión es clara: no se debe privar al pueblo de Dios de las Escrituras en su lengua común. La adoración, la edificación y la vida cristiana ordinaria requieren que la Biblia esté al alcance de todos los creyentes.
2. El artículo 10: la autoridad final de la Escritura
El artículo 10 retoma y reafirma la frase con la que inicia todo el capítulo:
“La Escritura es la única regla suficiente, segura e infalible.”
Esto significa que, aunque la iglesia puede beneficiarse de concilios, confesiones, catecismos y opiniones teológicas, ninguna de estas autoridades es final. Todas deben ser examinadas, corregidas y reguladas por la Palabra de Dios. La Escritura es el tribunal supremo al que deben apelar todas las controversias religiosas.
Así, la confesión establece un principio fundamental de la fe reformada:
- los concilios pueden errar,
- los teólogos pueden equivocarse,
- las tradiciones pueden desviarse, pero la Escritura permanece como la voz infalible de Dios para Su iglesia.
Conclusión
Esto es lo que creemos y confesamos respecto a las Santas Escrituras. Aunque seguimos de cerca la Confesión de Westminster en este primer capítulo, la adición inicial de la Confesión de Fe de Londres de 1689 no es un simple matiz editorial: enmarca y refuerza el corazón reformado de la Sola Scriptura. Al declarar que la Escritura es la única regla suficiente, segura e infalible, la confesión establece desde el principio que todo lo que afirmamos, enseñamos y practicamos debe someterse a la autoridad suprema de la Palabra de Dios.
Así, este capítulo no solo define qué es la Escritura, sino que también nos recuerda cómo debe ser recibida, interpretada, preservada y obedecida. La Biblia es el fundamento sobre el cual descansa toda la fe cristiana, y es la voz final a la que la iglesia debe acudir en toda controversia, enseñanza y práctica. En ella Dios habla con claridad, verdad y poder para la salvación de Su pueblo.


