Exposición

En esta clase estudiaremos el capítulo 2 de la Segunda Confesión de Londres de 1689. Como mencioné en el capítulo anterior, esta confesión sigue muy de cerca a la Confesión de Westminster. En esta ocasión, aunque encontramos un lenguaje ligeramente menos técnico en la Confesión de Londres, la esencia doctrinal permanece intacta. En lo que respecta a la doctrina de Dios, ambas confesiones son sustancialmente idénticas y expresan con claridad la fe cristiana histórica.

¿Qué es Dios?

La pregunta “¿Qué es Dios?” aparece como la número 7 en el Catecismo Bautista de Keach. Su respuesta se fundamenta directamente en el primer artículo del capítulo 2 de la Confesión de Fe de Londres de 1689, donde se nos presenta una descripción de la naturaleza y perfecciones de Dios. Es importante subrayar que esta pregunta no busca definir a Dios como si fuera un ser semejante a nosotros, ni como una realidad que pueda ser contenida por nuestra imaginación. Dios trasciende toda criatura y supera infinitamente cualquier concepto que podamos elaborar por nuestras propias facultades.
El artículo primero nos ofrece una lista de atributos divinos. Sin embargo, no debemos pensar en Dios como una suma de cualidades aisladas, sino como el Ser simple y perfecto en quien todos estos atributos existen de manera plena, inseparable y eterna. Estos atributos no describen partes de Dios, sino que revelan quién es Él en su ser.
La Iglesia debe estudiar cuidadosamente estos atributos si desea conocer verdaderamente al Dios que adora. La razón es profundamente pastoral: cuando dejamos de contemplar la revelación bíblica acerca de Dios, corremos el riesgo de formarnos una imagen distorsionada de Él. Y toda imagen distorsionada de Dios —por más bien intencionada que sea— desemboca en idolatría.
Un ejemplo común es cuando se presenta a Dios únicamente como “amor”. Es cierto que Dios es amor en su esencia, amor puro y perfecto. Pero si absolutizamos ese atributo y silenciamos otros —como su justicia, su santidad o su rectitud— terminamos fabricando un dios que no es el Dios de la Escritura. Un “dios” que ama sin juzgar, que perdona sin santificar, o que acepta sin transformar, no es el Dios vivo y verdadero, sino una proyección de nuestros deseos.
Por eso, todos los atributos de Dios deben ser considerados en conjunto. Solo así obtenemos una visión completa y equilibrada de quién es Él. Y solo así somos guardados de la idolatría, fortalecidos en la fe y guiados a una adoración más profunda, reverente y gozosa.

Adoración

La adoración es el servicio que las criaturas deben rendir a Dios. El segundo artículo de la Confesión nos muestra por qué debemos adorarlo, y las razones son profundas y sencillas a la vez:

  • Él es el origen de todo: todas las cosas existen de Él, por Él y para Él. Dios nos creó.
  • Nos creó para manifestar Su gloria: nuestras vidas existen para mostrar Sus obras, Su hermosura y Su grandeza.

¿Cómo debe ser el servicio que le rendimos?

Dios creó a los seres humanos con un propósito particular: reflejar Su imagen. Ser hechos a Su imagen y semejanza implica que fuimos diseñados para manifestar, en la creación, los atributos comunicables de Dios. Cuando ponemos nuestros miembros y capacidades al servicio de Su voluntad, estamos ofreciendo una adoración verdadera.
Este servicio debe expresarse mostrando y magnificando aquellos atributos divinos que pueden reflejarse en nosotros: amor, misericordia, bondad, justicia, fidelidad, entre otros. Al vivir conforme a estos atributos, honramos al Creador y cumplimos el propósito para el cual fuimos formados.
Los atributos no comunicables —como Su eternidad, inmutabilidad, omnipotencia u omnipresencia— no pueden ser imitados por nosotros, pero sí nos recuerdan cuán grande es Dios y cuán pequeños somos nosotros. Sin embargo, es importante afirmar que Dios no necesita de nosotros para demostrar Su inmensidad; Él manifiesta Su gloria con o sin nuestra participación. Aun así, en Su bondad, decide revelarla a través de Sus criaturas y hacia ellas.

Nada está oculto ante Dios

Nada se esconde de Dios. Nada lo sorprende. Nada es contingente para Él. Su omnisciencia y Su presciencia garantizan que todo está desnudo y abierto ante Sus ojos. Esta verdad no es un mero dato doctrinal: es un fundamento firme para nuestra confianza y nuestra adoración.
Porque nada le cae por sorpresa, podemos descansar en Su divina providencia. Todas las cosas —aun aquellas que nos parecen confusas, dolorosas o injustas— están bajo Su gobierno sabio y santo. Saber que “nada le toma desprevenido” nos permite adorarlo incluso en medio de las dificultades, pues entendemos que todo cuanto ocurre forma parte de Su plan eterno y perfecto (de esto hablaremos más adelante). La adoración en la aflicción no es irracional: es la respuesta lógica de quienes conocen al Dios que gobierna todas las cosas.
Además, esta verdad ilumina nuestra vida de oración. Si Dios lo sabe todo desde la eternidad, entonces también sabe de antemano lo que hemos de pedir. Esto no hace inútil la oración; al contrario, la llena de sentido. Oramos no para informarle algo que Él desconoce, sino para reconocer nuestra dependencia, para someternos a Su voluntad y para disfrutar de la comunión con Él. Como Padre perfecto, Él se ocupa de Sus hijos antes incluso de que ellos expresen sus necesidades. Su conocimiento exhaustivo del pasado, presente y futuro es una garantía de Su cuidado constante.
Por eso, la omnisciencia de Dios no es una doctrina fría: es un consuelo cálido. Nos recuerda que vivimos ante un Dios que lo sabe todo, que nunca improvisa y que jamás abandona a los suyos. Y esta certeza nos mueve a adorarlo con reverencia, confianza y gratitud.

Una confesión ortodoxa

El último artículo de este capítulo nos sitúa explícitamente dentro del marco de la confesionalidad cristiana ortodoxa. Después de describir quién es Dios en Su ser y atributos, la Confesión culmina afirmando la verdad central de la fe cristiana: Dios es Trino. En Él existen tres subsistencias —Padre, Hijo y Espíritu Santo— que comparten una misma esencia, poder y eternidad.
Este artículo no introduce una idea nueva, sino que recoge la fe que la Iglesia ha confesado desde sus primeros siglos. La Segunda Confesión de Londres se alinea así con la tradición católica (universal) de la Iglesia, afirmando la doctrina trinitaria tal como fue articulada y defendida en los credos ecuménicos. De manera particular, su lenguaje refleja la precisión teológica del Credo Atanasiano, que declara que adoramos a un solo Dios en Trinidad y a la Trinidad en unidad, sin confundir las personas ni dividir la sustancia.
Al hacerlo, la Confesión Bautista de 1689 deja claro que la fe de las iglesias reformadas y bautistas no es una innovación, sino una continuación fiel de la ortodoxia cristiana histórica. La doctrina de la Trinidad no es un adorno doctrinal, sino el corazón mismo de la revelación de Dios: el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios; y sin embargo, no son tres dioses, sino un solo Dios verdadero.
Esta afirmación trinitaria no solo preserva la pureza doctrinal, sino que también establece el fundamento para toda adoración, comunión y vida cristiana. Confesar a Dios como Trinidad es confesar al Dios vivo que se ha dado a conocer en la historia de la redención y que actúa en la Iglesia y en el mundo.

Conclusión

Al terminar este capítulo, la Confesión nos deja frente a una verdad que sostiene todo lo que hemos estudiado: Dios es perfecto en Su ser, autosuficiente en Su gloria y soberano sobre todas las cosas. Nada escapa a Su conocimiento ni queda fuera de Su plan eterno; por eso podemos confiar plenamente en Él y descansar en Su providencia.

También hemos visto que fuimos creados para adorarlo, reflejando en nuestra vida Su gloria y Sus atributos comunicables. La adoración no es un acto aislado, sino la respuesta natural de criaturas que reconocen quién es su Creador.

Y finalmente, todo esto encuentra su unidad en la verdad suprema de la fe cristiana: el Dios que confesamos es el Dios trino. Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios verdadero, la misma esencia, el mismo poder, la misma eternidad. Este es el Dios que la Iglesia ha proclamado desde los tiempos apostólicos, el Dios que redime, santifica y gobierna todas las cosas.

Conocerlo así —como el Dios perfecto, soberano y trino— es el fundamento de nuestra fe, la razón de nuestra adoración y la esperanza que sostiene nuestra vida cristiana.

Last modified: 2026-03-10
Close