En muchos debates sobre el pecado original aparece con frecuencia un argumento basado en Ezequiel 18:20: “El hijo no cargará con la iniquidad del padre, ni el padre cargará con la iniquidad del hijo.”
A partir de este texto algunos concluyen que el pecado de Adán —su acto específico— no puede imputarse a su descendencia, y por lo tanto descartan la doctrina de la culpa heredada.
Sin embargo, para abordar este versículo pastoral y bíblicamente, debemos recordar un principio fundamental de la exégesis: todo texto debe estudiarse dentro de su contexto histórico, literario y gramatical. O, como suelo decir: las tres reglas de la exégesis bíblica son contexto, contexto y contexto.
Cuando hacemos ese trabajo con Ezequiel 18, descubrimos que el capítulo no está tratando el tema del pecado original ni la imputación federal en Adán. El profeta está respondiendo a un problema inmediato en Israel: la falsa idea de que Dios estaba castigando a la generación presente por los pecados de sus padres, aun cuando ellos mismos no se consideraban responsables. El capítulo corrige esa queja y afirma la responsabilidad personal en el juicio histórico que estaba por venir sobre Jerusalén.
Por lo tanto, usar Ezequiel 18:20 para negar la culpa heredada es un error de categoría. El texto no está discutiendo ese tema.
Aun así, vale la pena examinar las cuatro afirmaciones del versículo y ver por qué ninguna de ellas contradice la doctrina del pecado original.
1. “El alma que peque, esa morirá.”
Este enunciado subraya que quien comete pecado merece morir. Habla de un acto, no de una condición.
La doctrina de la culpa heredada nunca niega que cada persona será juzgada por sus propios pecados. La Escritura muestra repetidamente juicios inmediatos por actos individuales.
Creemos que:
- existe un juicio eterno relacionado con la condenación final,
- y existe un juicio temporal por los pecados cometidos en la vida,
- y que los pecados personales son evidencia de una naturaleza caída.
Nada de esto contradice la enseñanza de que todos nacemos bajo la culpa de Adán.
2. “El hijo no cargará con la iniquidad del padre.”
A primera vista, esta frase parece negar la culpa heredada. Pero el contexto del capítulo —y del libro, especialmente el capítulo 17— muestra que Dios está hablando del juicio inminente sobre Jerusalén por su idolatría persistente.
Desde el versículo 5, el punto es claro:
si un padre abandona la ley de Dios, morirá;
pero si su hijo es justo y guarda la ley, él no morirá.
Aquí aparece una condición clave: el hijo debe ser justo.
Esto no contradice la culpa heredada porque la doctrina nunca enseña que la culpa de Adán elimina la posibilidad de arrepentimiento y salvación personal. Ezequiel 18 no está hablando de impecabilidad ni de ausencia de corrupción adámica, sino de responsabilidad en el juicio histórico.
Además, si este versículo negara la culpa heredada, ¿cómo explicar textos como Josué 7:24–26, donde por el pecado de un solo hombre toda su familia y aun sus animales fueron ejecutados? La Biblia no se contradice; simplemente trata temas distintos en contextos distintos.
3. “El padre no cargará con la iniquidad del hijo.
Esta afirmación sigue la misma lógica: el justo no será castigado por los pecados del impío.
Los versículos 5 al 18 muestran que:
- si un hombre justo tiene un hijo impío, el padre no es culpado por la impiedad del hijo;
- si un hombre impío tiene un hijo justo, el hijo no es culpado por la iniquidad del padre.
¿Por qué?
Porque el justo no tiene culpa que pagar.
Esto no niega la culpa heredada porque la herencia no funciona “hacia arriba”. El texto no está discutiendo la transmisión de la culpa adámica, sino la responsabilidad personal en el juicio temporal de Israel.
4. “La justicia del justo será sobre él, y la maldad del impío será sobre él.”
Si alguien usara esta frase para negar la imputación de culpa, tendría que negar también la imputación de justicia.
Y aquí es donde la interpretación se vuelve peligrosa.
Si la justicia del justo es solo para él, entonces:
- la justicia de Cristo sería solo para Cristo,
- y no podría sernos imputada,
- lo cual destruiría la doctrina de la justificación por la fe.
Pero la Escritura enseña claramente que somos justificados por la fe (Romanos 5:1), lo cual implica un acto judicial en el que la justicia de Cristo es acreditada a nuestra cuenta.
Negar la imputación de culpa en Adán lleva lógicamente a negar la imputación de justicia en Cristo.
Conclusión pastoral
El problema de fondo es teológico:
La teología protestante afirma que somos declarados justos por la fe porque la justicia de Cristo nos es imputada.
La teología católica romana, en cambio, enseña que la justicia se infunde y que el creyente se hace justo por sus obras.
Quien niega la imputación —tanto de culpa como de justicia— termina inevitablemente en la segunda postura.
Por eso es tan importante leer Ezequiel 18 en su contexto.
El capítulo no niega la culpa heredada; afirma la responsabilidad personal en el juicio histórico de Israel.
Y lejos de debilitar la doctrina de la imputación, nos recuerda nuestra necesidad desesperada de un sustituto perfecto cuya justicia pueda ser puesta a nuestro favor.
Last modified: 2026-01-23


